Hoy en día la ducha diaria combina, a dosis iguales, necesidad y placer. Pero no siempre ha sido así…

Para hablar de los orígenes de la ducha en Europa es preciso remontarse a las épocas griega y romana, en las que se desarrollaron sistemas –menos rudimentarios de lo que pensamos gracias a sus acueductos y alcantarillados– que permitían bombear agua hasta un recipiente desde el que ésta caía sobre el bañista.

El arte nos ha dejado algunos testimonios como el que aquí reproducimos.

Pero parece que con la desintegración del Imperio Romano la ducha, junto con otras muchas cosas, dejó de ser hábito para convertirse en excepción. Por no decir auténtica rareza propia de gente de extrañas costumbres y moral relajada.
Esta aversión a la higiene diaria se mantuvo durante muchos siglos y la historia nos ha dejado ejemplos emblemáticos, como la famosísima solicitud de Napoleón a su amada Josefina de que “no se bañara durante dos semanas para poder disfrutar de sus aromas naturales (Ackerman)”.
Una situación que hoy nos resulta impensable pero que tenía que resultar ciertamente embriagadora y que potenció la industria del perfume.

Más o menos en la misma época en la que el belicoso general disfrutaba de esos dudosos deleites, William Feetham patentó lo que universalmente está reconocido como la primera ducha moderna. O por lo menos, la primera patentada.

El que el invento estuviera avalado por una patente no era óbice para que cuando un médico recetaba una ducha como remedio –receta cuyos motivos podemos imaginarnos–, generara una inquietud, desasosiego, terror, temblores y verdadero espanto en el paciente a la hora de enfrentarse a una cascada de agua cayendo sobre él.

Resulta difícil imaginarlo hoy en día, pero no olvidemos que hasta la segunda mitad del siglo XX la ducha no empieza a ganar terreno al baño que, dicho sea de paso, tampoco era especialmente frecuente.
Hoy la ducha, afortunadamente diaria, es una costumbre universal que ha generado a su alrededor toda una industria de la higiene y el diseño, cada vez más sofisticado para un público que más allá de la limpieza busca una experiencia hedonista (pero contraria a los gustos napoleónicos).

Hoy en día la ducha diaria combina, a dosis iguales, necesidad y placer. Pero no siempre ha sido así…

Para hablar de los orígenes de la ducha en Europa es preciso remontarse a las épocas griega y romana, en las que se desarrollaron sistemas –menos rudimentarios de lo que pensamos gracias a sus acueductos y alcantarillados– que permitían bombear agua hasta un recipiente desde el que ésta caía sobre el bañista.

El arte nos ha dejado algunos testimonios como el que aquí reproducimos.

Pero parece que con la desintegración del Imperio Romano la ducha, junto con otras muchas cosas, dejó de ser hábito para convertirse en excepción. Por no decir auténtica rareza propia de gente de extrañas costumbres y moral relajada.
Esta aversión a la higiene diaria se mantuvo durante muchos siglos y la historia nos ha dejado ejemplos emblemáticos, como la famosísima solicitud de Napoleón a su amada Josefina de que “no se bañara durante dos semanas para poder disfrutar de sus aromas naturales (Ackerman)”.
Una situación que hoy nos resulta impensable pero que tenía que resultar ciertamente embriagadora y que potenció la industria del perfume.

Más o menos en la misma época en la que el belicoso general disfrutaba de esos dudosos deleites, William Feetham patentó lo que universalmente está reconocido como la primera ducha moderna. O por lo menos, la primera patentada.

El que el invento estuviera avalado por una patente no era óbice para que cuando un médico recetaba una ducha como remedio –receta cuyos motivos podemos imaginarnos–, generara una inquietud, desasosiego, terror, temblores y verdadero espanto en el paciente a la hora de enfrentarse a una cascada de agua cayendo sobre él.

Resulta difícil imaginarlo hoy en día, pero no olvidemos que hasta la segunda mitad del siglo XX la ducha no empieza a ganar terreno al baño que, dicho sea de paso, tampoco era especialmente frecuente.
Hoy la ducha, afortunadamente diaria, es una costumbre universal que ha generado a su alrededor toda una industria de la higiene y el diseño, cada vez más sofisticado para un público que más allá de la limpieza busca una experiencia hedonista (pero contraria a los gustos napoleónicos).